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Fondo.

Darse por vencido es el último paso, y a la vez el primero con el que empieza a arder el orgullo. Aceptarse derrotado, ya en el suelo, enterrado. Y con todo el peso de la derrota en el alma, entender. Tomar conciencia. Aceptar la convicción de que mis pasos me han llevado al error.

Cómo duele aprender. Pero el dolor también se va. Hay que dejarlo ir, aunque duela más que se vaya. Soltar, renunciar, darse por vencido. Y entonces, en la cima de la montaña más alta del dolor, aceptarlo. Que arda. Que queme. Dejar que las llamas quemen las flores. Resignarse a perder los bosques que antes fueron cobijo del desierto.

¡Nunca muerto! Mientras tenga mi digna vida.

Sin embargo, aún tengo el propósito. Aún sigo latiendo.


Relatos de lo invisible cotidiano
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